Hay decisiones en salud que parecen correctas hasta que se enfrentan a la realidad.
Cumplen con la normativa, con los tiempos, con el presupuesto. En el papel, todo funciona. En la práctica, no siempre.
Cuando la mirada clínica se incorpora tarde —después de la compra, después de la implementación, después del evento— el sistema ya fue puesto a prueba. Y entonces comenzamos a buscar causas, responsables, explicaciones. Lo que rara vez cuestionamos es el momento en el que esa decisión se tomó sin integrar el criterio del cuidado.

La mirada clínica no es un recurso correctivo. No está diseñada para explicar fallas una vez que ocurrieron. Su valor está en anticipar, en leer el contexto real, en reconocer que los sistemas de salud no operan en condiciones ideales. Operan con personas, con turnos largos, con procesos incompletos y con una presión constante por hacer más con menos.
Cuando una tecnología se decide sin esta lectura, el riesgo no es accidental. Es estructural. No aparece porque alguien “usó mal” un dispositivo, sino porque nadie cuestionó si el entorno estaba preparado para sostenerlo. Si había capacitación suficiente. Si los flujos eran realistas. Si el diseño del proceso respetaba la lógica clínica cotidiana.
Incorporar la mirada clínica desde el inicio no ralentiza la innovación. La vuelve posible. La hace segura. La conecta con el propósito real de la tecnología en salud: cuidar sin dañar.
Por eso, la pregunta no debería ser si la tecnología funciona, sino cuándo se integró la mirada clínica en la decisión. Porque cuando llega tarde, el costo ya no es teórico. Es humano.
Nota de la autora
Este texto forma parte de la serie editorial La Mirada Clínica y del libro La mirada clínica que sostiene la evolución tecnológica, actualmente en desarrollo.

