Este texto forma parte de la serie
La Mirada Clínica, un espacio editorial que reflexiona sobre la toma de decisiones en salud más allá de los escenarios tradicionalmente visibles del cuidado.
En los sistemas de salud altamente tecnologizados, muchas de las decisiones que impactan al paciente se presentan como técnicas. Se discuten desde especificaciones, normativas, costos o tiempos de implementación. Sin embargo, pocas veces se nombra lo esencial: que esas decisiones son, en el fondo, decisiones clínicas.
Decidir qué tecnología entra a un hospital, cómo se implementa, quién la utiliza y bajo qué condiciones no es un acto neutro. Implica comprender procesos reales, cargas de trabajo, variabilidad humana y contextos clínicos que no siempre caben en un manual. Cuando estas variables se ignoran, la decisión puede ser técnicamente correcta y clínicamente riesgosa.
La mirada clínica no se limita al acto asistencial. Se expresa también en la capacidad de anticipar escenarios, de reconocer cuándo una solución es inviable en la práctica cotidiana y de advertir que no todo lo que puede implementarse debería hacerse sin ajustes. Esa lectura del sistema es una forma de cuidado.
Con frecuencia, la ausencia de criterio clínico en los espacios donde se decide se manifiesta después: en eventos, en retrabajos, en sistemas de tecnovigilancia que buscan causas cuando el problema se gestó mucho antes. No en el uso, sino en la decisión inicial.
Por eso, integrar la mirada clínica no es un gesto simbólico. Es una responsabilidad. Significa reconocer que la tecnología no opera en abstracto, sino en entornos vivos, complejos y profundamente humanos.

Cierre editorial
Cuando la decisión se asume como técnica, el riesgo se invisibiliza.
Cuando se reconoce como clínica, el cuidado se anticipa.
Nota de la autora
Este texto forma parte del libro La mirada clínica que sostiene la evolución tecnológica, actualmente en desarrollo.